martes, 15 de noviembre de 2011

Ccatca

 Voy a regresar a Ccatca para ver las escuelas rurales de los jesuitas; y me parece que este relato, que pertenece a José María García, otro jesuita, puede ser útil para entender ciertas tragedias no buscada por los hombres. Un pueblo que es metido en la guerra entre Sendero Luminoso y el Ejército.

Cedo la narración a José María:

1,991. Semana Santa en Ccatca

Sábado mediodía. Las hermanas ya habían llegado. Vamos, Cecilio ¿por dónde subiremos? ¿por Huancarani o por Urcos? Por Urcos; compadre; la carretera está buena, vine caminando esta mañana, pero a semana pasada estaba muy mal y ha llovido toda la semana: Por Urcos compadre, alguito han arreglado. Ay Dios mío, a qué le llamarás arreglo. Luego de muchas dudas y cabildeos decidimos subir por el lado de Urcos.

La verdad es que para ser sábado de pasión y al final de la época de lluvias viajamos muy bien y llegamos sin novedad a Cc:atca. Entramos a la plaza y ahí sí, nos quedamos fríos, ¿qué pasa aquí?

El pueblo estaba tomado por el ejército, todito el ejército estaba ahí, no faltaba nadie. Carros, armamento, más allá los sinchis también, tanquetas que iban y venían.  Vencida la sorpresa y ese indefinido deseo de salir corriendo comenzamos a preguntar. Los senderistas papay. ¿Qué senderistas? Aquí no ha habido nunca. Sí pues, los que han escapado de Qenqoro, dice están por todos los cerros. Nos enteramos que por suerte no habíamos subido por Huancarani porque en esas alturas había habido fuerte tiroteo esa tarde con el saldo de algunos muertos.

Tomamos un café y llevé a las hermanas a Kcauri, seis kilómetros más allá. Recién que regresamos a Ccatca me di cuenta de la barbaridad, fui a recogerlas. Ustedes se van ahorita mismo al Cusco. Y ¿tú qué vas a hacer? Me muero de miedo, pero qué voy a hacer, me tengo que quedar, va a ser la semana santa, además cómo voy a dejar a toda esta gente que no sabrá ni qué hacer. Eso decimos nosotras. Entonces agarran sus cosas y se vienen a dormir a Ccatca, aquí no hay ni un soldado ni un guardia.

En la noche a la luz de las velas vino un teniente a la casa. Padre me cuentan que usted tiene algunos alimentos y yo tengo a la tropa sin alimentos., por favor necesito su ayuda. Tenía algunos alimentos de los comedores populares de esos años. Qué compromiso, pensé; para qué la gente tiene que hablar, le doy a éste, se enteran los otros, qué problema. Bueno, le dije, como a las diez se viene usted con cuatro soldados y sus propios costales para que le pueda dar algo, a esa hora no habrá nadie que vea, en realidad tengo miedo.
Al día siguiente busqué al sargento del puesto que era amigo, ya me explicó un poco la situación, no puedo hablar, son más de cuarenta, las órdenes son duras, no me pregunte padre. Yo te hablo y tú sólo mueves la cabeza. ¿Hay ya muertos? Bajó la cabeza. ¿El helicóptero que ha venido se los lleva? Bajó la cabeza. ¿Se quedarán muchos días? Bajó la cabeza.

Fuimos a Kcauri para celebrar el Domingo de Ramos. Entré a una tienda buscando fósforos, un comunero comentaba ufano que en su comunidad habían matado un senderista con la ayuda de la comunidad. Ingenuo, carajo, pensé. Me lo llevé de la tienda y en la casa le expliqué, papay no debes hablar, cuidado te escuche alguien y otro día vengan otros para vengarse de ustedes. Creo que comprendió, prefiero creer que sí.
Regresando a Ccatca con la camioneta llena de pasajeros para variar, nos detuvo una patrulla, documentos. Ahora sí tenemos problemas, efectivamente nadie llevaba documentación alguna, ¿acaso alguna vez hizo falta? ¿Quién va a cargar documentos? Felizmente apareció el teniente de la noche, le expliqué, conozco a todos ellos son de aquí, comprendió, pasamos.

Parecidas escenas se repitieron toda la semana, la gente no dejó de caminar de un lado para otro, nadie dejó de bajar a Ccatca para las Misas, las confesiones y las procesiones. Definitivamente no tenían conciencia de lo que estaba pasando y eso que en varias comunidades registraron casa por casa, eso sí, sin abusos.

El lunes santo salió la procesión a las cuatro, casi a las seis estábamos volteando la última esquina, la que da acceso a la plaza, de repente había más de cien soldados arrodillados, padre que el Cristo nos de la bendición. Miedo, cansancio en sus caras, no veían a nadie, sólo al Cristo. Padre, la bendición. Me pasó lo mismo que con la harina, pero miré aquellas caras de niños, chibolos asustados, querían vivir, como querían vivir los que venían en la procesión, como querían vivir los que andaban errantes por los cerros, como quería vivir yo. Pedí a los cargadores que dieran la bendición con el Cristo, bendición por la vida, que cada quién rece el padrenuestro en su corazón. Ese silencio en medio de todo el ruido de nuestras vidas me impresionó. En verdad nunca una semana santa me había parecido tan cercana, tan íntima, tan despiadada, tan sin sentido como aquella del Calvario, como ésta de este Calvario.

Pasó la semana con las patrullas entrando y saliendo, con la llegada del helicóptero todas las tardes, con los reportes de distintos comuneros que me traían los datos de lo que ocurría en los cerros.

Sábado, rematada la faena, guardias y ejército se retiraron Atrás quedaron cuarenta y tantos muertos, nadie los vimos, lo supimos, hicimos el recuento de un pastorcito con otro. Mañana es domingo !de resurrección! dizque. Se fueron con sus muertos pero aquí quedaron muchas otras cosas muertas en tantos corazones, en tantas mentes, en tantos sentimientos. Algo se nos murió a todos, no se nos murió la amargura ni la tristeza, tampoco se nos murió el mañana, ni la resurrección, nos queda la dura tarea de construirla.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Sheripiari

La palabra sheripiari en asháninka ucayalino significa chamán, adivino, curandero.

Con el auxilio de una lengua gramaticalmente más conservada, el matsiguenga, podemos afinar un cierto análisis gramatical de sheripiari:

Seri = tabaco; pega = curar, transformar. El sufijo -ri es agentivo.

De esta manera, seripégari (en matsiguenga)  o sheripiari (en el Ucayali) significa El que hace uso del tabaco para curar o resolver (problemas). La cosa está clara; pero requiere algunas precisiones adicionales

Seri procede del quechua sayri, y no al revés, como lo sugieren algunos etnólogos. De hecho, el diptongo [ay] puede simplificarse subiendo o palatalizando algo la vocal baja y neutralizarse en [e]; esto ocurre en muchísimas lenguas.

Sayri es pues quechua; uno de los incas rebeldes que logró luchar contra los entonces recientes conquistadores españoles se llamaba Sairi Túpac, y Saire es un apellido corriente en el sur peruano.  Ahora todavía la palabra se emplea como botanema para distintas variedades de tabaco, tanto en la sierra como en los piedemontes andinos de la selva,  entre las cuales hay algunas que producen estos de psicosis alcohólica llamados localmente  diablos azules cuando se beben macerados en cerveza. 

El consumo del tabaco en cigarrillo es costumbre al parecer. La forma tradicional consiste en insuflar tabaco molido en las fosas nasales del paciente mediante una caña, algo así como un rapé; pero insuflado, no aspirado. Pero, la forma como el seripégari lo consume es otra: Se toman hojas de tabaco, se trituran, se filtra el jugo en un colador y se lo hierve hasta que quede algo espeso. En ocasiones se mezcla con un cocido igualmente preparado de kamarampi, el nombre de una planta que en última instancia significa “medicina para el mal”; aunque esto también está sujeto a discusión; pes puede significar “la pócima de la muerte”; pues la raíz kama significa tanto mal como muerte (El demonio kamaari es el que produce la muerte) y otra vez una raíz de origen quechua: ampi o hampi; medicina. La asociación de la nicotina y los alcaloides del kamarampi produce alucinaciones, igual que, cuando  en la sierra, algunos quechuas usan un sayri llamado supayqarqu que, preparado en infusión y mezclado con alcohol, produce similares reacciones.

Y un observador cuidadoso debe considerar el paralelismo semántico entre el quechua supayqarqu (el expulsor de demonios) y el asháninka kamarampi  (la cura contra el demonio)

En la foto que sigue, Tania Rivera de Pucallpa, junto con Fermín, el seripégari de Atalaya