martes, 25 de agosto de 2009

Tangoshiari II

Montañés es el Nick de alguien que llego a este blog luego de haber visto un documental del trabajo de los misioneros dominicos en el río Urubamba. No soy dominico, ni mi tarea es la pastoral. Soy especializado en etnolingüística y publico estas notas para alertar a las personas sobre las lenguas minoritarias del Perú y sus inciertos futuros. Los dominicos son mis amigos.

Montañés alude en su comentario al caso de Tangoshiari

El 19 septiembre de 1990, el franciscano Mariano Gagnon y el dominico Adolfo Torralba decidieron apoyar la evasión de toda la comunidad Tyzibokiroato, en Cutivireni, hacia las cabeceras de un río subsidiario del Picha, en el Bajo Urubamba. Movieron el aparato logístico de la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) y los pequeños aviones de Alas de Esperanza.

Yuri Cahuata había sido encomendado por CEAS para apoyar a los asháninka que resistían a Sendero Luminoso, y en uno yo ir y caminar apoyando a Gagnon, se halló con un muchacho que tenía una herida supurada en la pierna. Había caído de un árbol en el cual trataba de refugiarse de un ataque de Sendero; pero pudo arrastrarse hasta un punto en el que pasó inadvertido, aunque con una fractura abierta de la tibia. Se mantuvo en silencio por algunos días, hasta que, lentamente, volvió hacia su casa quemada que la comunidad trataba de reconstruir. Pasaron los días, y Cahuata pidió una avioneta para llevarse muchacho a Lima y curarlo.

Yuri Cahuata habla quechua, no asháninka, y tuvo que acompañar al herido las horas que dura un vuelo de 300 kilómetros en una Cessna monomotor. Se aprendió cuatro frases: ¿Te duele? ¿Quieres comer? ¿Quieres beber? ¿Quieres cacar?, y esperar la respuesta: jee

En Lima los hospitales no quisieron recibir al herido, por temor el de infectarse con patógenos desconocidos. El herido olía mal a descomposición, casi a cadáver, y durante dos días tuvieron que desinfectarlo en algún local de CEAS, mientras se caminaba por ese bosque desalmado que es Lima, hasta hallar finalmente una clínica privada que, exigiendo excesivas condiciones, se animó a intervenirlo. El trabajo fue complicado y duro mucho tiempo, mientras el muchacho, que había aprendido a valorar el silencio como el precio de su vida, comenzó a aprender algunas palabras en español y las enfermeras pudieron finalmente atenderlo en sus necesidades básicas.

Se salvó. Ahora es un adulto que camina rengueando; pero puede trabajar su chacra y tiene mujer e hijos. De él hemos aprendido que el silencio es tan valioso como hablar, cuando de sobrevivir se trata. Si alguien le pregunta sobre aquello, responde muy al estilo asháninka, del hombre que debe decir lo preciso: Dolía mucho”

Una foto de alas de Esperanza, con mi hija esperando acompañarme al Bajo Urubamba para trabajar con maestros matsiguengas. Mi mujer preparaba en esos momento las mochilas, detrás de la Cessna.

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