miércoles, 26 de agosto de 2009

Eran felices; pero debían ser salvos.

Se llama Estela, es agrónoma, y la conocí ayer en un programa de desarrollo de economías sostenibles en Paccarectambo, al sur del Cuzco. Ahora trabaja con mujeres quechuas, pero hace algún tiempo fue contratada por una empresa extractora de hidrocarburos para un estudio del impacto del gasoducto surperuano en el Bajo Urubamba, y llegó a Tangoshiari.

Hablando de los asháninka, comentó que no hacemos esfuerzo por entenderles su sentido de vida, y los tratamos desde la unilateral medida de nuestros códigos. Contó que una vez le pidieron a un joven que les sirviera de guía y le ofrecieron, por un día de trabajo, un contrato de servicios equivalente al salario quincenal de un maestro rural. La agrónoma y su equipo querían hacerle el favor al joven amigo, y procuraron transar con él un arreglo económico favorable.

El muchacho respondió: “No, tengo que pasear”.

No es la única persona que advierte la tranquilidad con la que los habitantes de las comunidades asumen la vida que han elegido, y que nosotros la llamaos bárbara. El franciscano José Amich, un cronista del siglo XVIII, narra las peripecias de los misioneros, en más de un libro que se puede rastrear por internet. En uno de ellos describe el extraño esfuerzo de Manuel Biedma, que se llevó a un grupo de nomatsiguengas del valle del Sonomoro a las alturas de Andamarca para abrir un camino. Es difícil entender el hecho si no se conoce la geografía local. El Sonomoro está a 700 metros sobre el nivel del mar, tiene clima sub ecuatorial con una media anual de temperatura de 28 grados Celsius. La gente nunca usa mayor abrigo que una camiseta, y en las moches no es necesario usar cobertores para dormir. Ahora que lo pienso, en lengua nomatsiguenga creo que no hay una palabra que signifique hielo.

Andamarca, por su parte, a sólo dos jornadas de camino, está bajo las nieves de la cordillera, soporta frecuentes temperaturas bajo cero, y la gente nunca deja de usar ropa térmica, ni de día ni de noche. Era razonable estar confundido cuando se piensa qué impulsó a estas bunas gentes a dejar sus cálidos hogares para irse tras un franciscano para trabajar un camino de herradura capaz de permitir el paso de mulas y caballos. Sin embargo, no lo hicieron por conveniencia, sino por lealtad con el amigo; pues el camino nunca les iba a ser útil: ellos caminan a pie y jamás usaron bestias de carga y monta.

Dice Amich (Compendio histórico de los trabajos y fatigas...Cap. VI):

Maravillábase el venerable padre Biedma (que como he dicho, casi siempre iba con ellos a estas faenas) de la constancia y tolerancia de aquellos bárbaros, y viendo por experiencia los grandes trabajos que pasaban, decía entre sí “No es el menor milagro de la divina providencia el disponer que estos bárbaros no nos hagan pedazos con sus flechas, para volverse a gozar con quietud y sosiego del ocio y recreo de sus antiguas conveniencias, y dejarse de padecer tantos trabajos y enfermedades.”

Para volverse a gozar con quietud y sosiego del ocio y recreo de sus antiguas conveniencias, y dejarse de padecer tantos trabajos y enfermedades: Eran los hombres anteriores al pecado original, los que no conocían la gripe, los que no habían sido castigados por Dios a ganar el pan con el sudor de su frente y comer con dolor.

Eran felices; pero debían ser salvos.

Tal vez el problema sea que los queremos obligar a transitar por el camino de nuestra búsqueda de felicidad, no la de ellos.


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