lunes, 27 de abril de 2009

Tangoshiari


Tangoshiari es una comunidad asháninka ubicada en pleno corazón del Bajo Urubamba. Está en las cabeceras de uno de los afluentes del rio Picha. Cuando Guillermo Queirolo me envió a capacitar a sus maestros, advertí que los cartelones de matemática del aula estaban escritos de manera inadecuada para una escuela que yo la suponía matsiguenga. Al pretender corregirlos me enteré de que eran asháninkas de Cutivireni, llegados allí como refugiados de la violencia senderista desatada en la cuenca del río Ene. Los dominicos del Urubamba y los franciscanos de Satipo habían organizado un puente aéreo que se llevó a toda una comunidad a encontrar una vida más pacífica al otro lado de las montañas, donde el crimen ideológico, por suerte, no había logrado prosperar.

Aquella historia no está completamente escrita. Yuri Cahuata, que trabajaba para la Comisión Episcopal de Acción Social, tiene los recuerdos; pero no sé si alguna vez los ponga en papel. Joaquín Ferrer, el franciscano de Mazamari, está preocupado por otras urgencias en su parroquia, y Adolfo Torralba, el dominico que organizó todo esto, ya no está: su camioneta resbaló en un mal paso de las carreteras de Quillabamba y se nos fue. ¿Qué estará haciendo Guillermo Queirolo?

En la página Web del Centro Pío Aza, sólo un párrafo alude a todo este notable esfuerzo:

Tangoshiari comunidad asháninka proveniente del río Ene y trasladada a la zona en 1992 por motivos de la violencia terrorista, traslado efectuado en una de las gestas de aviación más heroicas de la historia del Vicariato (de Puerto Maldonado).

Aquel día de trabajo con la maestra de la escuela, Adolfo Torralba estaba conmigo, contándome partes del gran trasvase de la comunidad. Saludó a un anciano pacífico y me dijo que fue uno de los guerreros que sostuvo la retaguardia. Saludo luego a una muy joven madre de familia, con un recién nacido en los brazos. Comentó que aquel día ella era una de las más pequeñas, frágiles y asustadizas, que hubo que cargarla, casi arrojarla al avión que tenía poco tiempo para decolar.

En el grupo comunal había niños y adolescentes. Lacomunidad había logrado sobreviri a al insanía senderista. Una señora nos alcanzó masato.

“Kametsa, piarentsi”, agradecí al modo asháninka. Si en matsiguenga, hubiera tenido que decir “kametikya, owirókiri”.

Bebí del cuenco de la calabaza y fui feliz al ver un retazo de vida arrancado a la muerte. Allí deben estar ahora, descansando ya por la tarde, esperando el asado de yuca y pescado, cuando el sol periclita por sobre las montañas detrás de las cuales está el mundo que dejaron hace casi veinte años.

La escuela tiene treinta niños.

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