viernes, 23 de enero de 2009

Etnocidios de todo tiempo III

En alguna oportunidad, entre 1930 y 1940, tres matsiguengas empujaban trabajosamente sus canoas contra los rápidos del río Urubamba, en Sahuayaco, para vender un poco de cacao a cualquier persona que se lo quisiese comprar. Sahuayaco era una extensa propiedad perteneciente a un dueño salvaje y malvado, que tenía inclusive pequeñas mazmorras en la planta baja de la casa hacienda, para aplacar los intentos de fuga de algunos de sus peones que eran, sin duda alguna, sus esclavos. El propietario fue advertido de la presencia de los matsiguengas por alguno de sus peones y los hizo detener. Luego de quitarles el cacao, y flagelarlos, por haber usado “su río” para vender el cacao que se había producido en “sus tierras”, el malvado propietario los hizo desnudar y azotar con una ortiga arbustiva silvestre llamada en quechua “angel tawna”. Luego, hizo voltear la canoa para cubrir con ella a los infelices que ya habían perdido el conocimiento por el castigo con la ortiga, y los sahumó por mucho tiempo con los acres gases del ají que se achicharra. Los propios operadores de este miserable atizaban el fuego mientras tosían y se apartaban de la pequeña fogata que producía el humo. Los auxiliares del torturador eran sus peones-esclavos, que hacían todo eso con una extraña excitación y con un considerable temor de que alguno de ellos podía pasar luego a la cámara de tortura.

Esta historia la saben algunos ancianos que todavía viven en Quillabamba y en los pequeños pueblos cercanos a Sahuayaco. Yo sé de los nombres de los informantes y del criminal que torturó hombres y les quitó sus mercancías sólo porque no se la habían vendido a él. No doy su nombre ahora para no recuperar a la memora del día las infamias de siempre; pero quiero hacer constar que todo eso se hizo en un tiempo en el que el estado derecho operaba bajo el nombre de República del Perú, y se tenía un gobierno constituido en elecciones. No eran españoles torturadores de indios; eran propietarios depravados de los que un viajero inglés dijo que formaban parte de una civilización sin policía que era peor que la barbarie cuya extirpación era la justificación de sus crueldades y de su forma de hacer sus fortunas.

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