lunes, 15 de diciembre de 2008

¿De qué muere una lengua?

Jacaru: lengua de la familia aymara que se habla en los distritos de Tupe y Cachuy, en Yauyos, Lima. Las estadísticas hasta 1993 daban algo así como mil hablantes. Intentos de censo míos en 2003, dieron no más de 750.

En algún texto o entrevista que no recuerdo, está registrada la opinión de desencanto de Rodolfo Cerrón Palomino a propósito del futuro del jacaru. El veía que esta lengua estaba en un proceso de fosilización, y no le daba mayor perspectiva de vitalidad. En otro comentario, Martha Hardman, preocupada por algunos desacuerdos sobre la escritura del jacaru, decía que cualquier error de tipo lingüístico es un clavo más en el ataúd (de esa lengua). Hace dos años, Luis Vásquez, luego de haber tropezado con un sinnúmero de intereses personales, trabas burocráticas, maestros incompetentes, desencuentros educativos e incurias gubernamentales, nos enviaba un Power Point en el que mostraba imágenes de extrema pobreza y abandono social. En sus mensajes decía que dejaba a quienquiera segur preocupándose en aquello que él había fracasado, pues el Power en cuestión era, de algún modo su constancia de auto licenciamiento de la tarea. Estaba absolutamente desencantado. Había ocurrido el sismo del 16 de agosto del 2007, y el pequeño pueblo de Tupe, refugio del jacaru, estaba casi completamente devastado, y sus habitantes se trasladaron masivamente a Lima y Cañete. Tupe se quedaba con unas trescientas personas, ancianos y algunos niños, entre escombros de piedra y adobe.

¿De qué muere una lengua? ¿Del cerco que extienden alrededor de ella los hablantes de otra, demográficamente más fuerte? El jacaru, sin embargo, sobrevivió precisamente por su insularidad, entre le quechua de Yauyos y el español de las riberas marinas. ¿Será entonces que muere por la pobreza de sus hablantes? ¿Por la inepcia burocrática? ¿Por los sacudones despiadados de la naturaleza?

¿O será que muere porque la dejamos morir?

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